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Santa María Catalina Kasper


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María Catalina Kasper nació el 26 de mayo de 1820 en Dernbach, un pueblo en Hesse (Alemania), en una familia de campesinos; fundó el Instituto de las Pobres Siervas de Jesucristo, y falleció el 2 de febrero de 1898. Fue beatificada por SS Pablo VI el 16 de abril de 1978, y canonizada por SS Francisco el 14 de octubre de 2018.

Ya la existencia terrena de esta figura de mujer, toda fe y fortaleza de ánimo, es para nosotros lección auténtica de estilo evangélico, en cuanto que toda ella se desarrolló siguiendo las huellas del Divino Maestro. Catalina, que después adoptó el nombre de María Catalina, aldeana sencilla y pobre, vivió como Cristo en medio de trabajos y privaciones, abrazando las humillaciones y contrariedades que encontró en su camino como manifestaciones de la voluntad del Padre celestial. Al igual que Cristo, se dedicó sobre todo y con solicitud incansable, a aliviar muchas formas de miseria física y espiritual; se consagró al cuidado de niños pobres y abandonados, abrió colegios, ayudó y consoló a enfermos, atendió a ancianos, siempre con el corazón abrasado en amor grande a los hermanos necesitados, alimentado por la conversación continua y casi connatural con el Dios «de toda consolación» (2 Cor 1, 3), conocido mejor a través del amor que por medio de especulaciones ambiciosas.

Fue justamente esta mujer humilde, desprovista de los medios que ofrece el progreso técnico, sin cultura y sin dinero, quien logró dar vida a una gran obra de cultura y de promoción social, confirmando de este modo la profunda verdad de las palabras de San Pablo que dice: «Eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes» (1 Cor, 1, 27).

Por ello también la pobreza voluntaria y la admirable caridad de la madre María Catalina, traducidas en servicio generoso a los más pobres y abandonados, constituyen un aviso severo y exigente a nuestra generación, orientada con tanta frecuencia a la riqueza privada y egoísta, y al hedonismo a toda costa. A las insidiosas inclinaciones materialistas y consumistas de la sociedad de hoy, opone la entrega altruista a todo el que sufre, de modo que la solidaridad de que tanto se habla hoy no quede sólo en palabras, sino que llegue a ser cumplimiento concreto y diario de un deber que el cristianismo eleva hasta sus cumbres más luminosas. Para la madre María Catalina, el amor filial a Dios lo era todo, y encontró expresión auténtica de él en el amor ilimitado al prójimo.

Esta lección incomparable de amor a Dios actuado en la caridad a los hermanos, es el verdadero mensaje que ha legado a la Iglesia y al mundo. Tanto la vida activa de María Catalina Kasper, como su santidad personal son sobre todo un don de la providencia y de la gracia de Dios. Solía decir: «Yo no lo podía ni lo quería, es Dios quien lo ha querido». Deseaba únicamente ser instrumento dócil en las manos del Maestro divino, ser esclava pobre y humilde de Jesucristo.

Precisamente el nombre de «Pobres Esclavas de Jesucristo» que María Catalina dio a su congregación religiosa, siguiendo una determinación providencial, nos revela la personalidad y espiritualidad íntimas de la Fundadora misma. La pobreza personal, el amor a los pobres, la sencillez y la humildad, y la propia dedicación al servicio del prójimo por amor de Cristo, son las características esenciales que distinguen la piedad y el apostolado de nuestra nueva Beata. No nos han relatado comportamientos o acciones extraordinarias. La madre María Catalina es modelo sobre todo por la fidelidad y seriedad en los deberes pequeños e insignificantes de cada día y por su anhelo de cumplir la voluntad de Dios en todas las situaciones de la vida. La intuición clara de lo que es necesario y el amor siempre disponible al prójimo, se ensamblan en ella con la perseverancia y el propósito de reconocer y cumplir los mandatos de Dios y sus disposiciones cuando se debe. La frase inspiradora de su comportamiento suena así: «La santa voluntad de Dios me solicita y debe cumplirse en mí, a través de mí y por mí». Sobre la base de esta conexión profunda y de esta sintonía con la voluntad y la acción de Dios, su actividad y su vida entera se transforman en oración y alabanza permanentes a Dios. De la misma manera, el servicio social era para ella servicio a Dios y medio de santificación del mundo.